Huevos Rancheros – San Luis Potosí, 1998

Esta semana, el diario de viaje de MATTHEW se abre en el centro del país, donde el amanecer huele a tierra seca, café hirviendo y tortillas recién infladas.

Era 1998. Yo tenía la edad exacta en la que uno confunde libertad con imprudencia y valentía con terquedad. Andaba con una mochila que crujía de tanto cargarla, un rollo de fotos guardado como si fuera un tesoro, y el tipo de cansancio que no se quita con dormir… porque no había dormido de verdad.

La noche anterior me había alcanzado en carretera, en un tramo largo de polvo y sombras donde las luces de los autos pasan como cometas y luego desaparecen. No había hotel, no había plan; solo esa sensación de que seguir caminando era mejor que quedarse quieto. El aire era frío, seco, con olor a tierra y pasto quemado. A lo lejos se oían perros, y de vez en cuando el golpe de un tráiler hacía temblar el suelo como si la tierra respirara.

Encontré un lugar donde “la intemperie” era apenas menos intemperie: una banqueta ancha junto a una pared, detrás de una tienda cerrada. Me senté con la espalda pegada al muro y abracé mi mochila como si fuera una persona. La calle estaba casi vacía. Los anuncios parpadeaban con luces cansadas. Una moto pasó una vez. Luego silencio. Después el viento, golpeando papeles y levantando polvo, como si el mundo barriera el día anterior.

Dormir así no es dormir. Es apagar el cuerpo por ratos, con un ojo abierto en la cabeza y el otro en el estómago. Te despiertas por cualquier sonido. Te duelen las rodillas. Te tiembla la mandíbula. Y cuando por fin amanece, no sientes alivio: sientes que sobreviviste.

El amanecer en San Luis Potosí es seco y honesto. No tiene esa humedad dulce del mar; aquí el aire raspa un poco, y la luz llega amarilla, como filtrada por el polvo. Empecé a caminar sin dirección clara, siguiendo lo único que mi cuerpo entendía: el olor.

Primero fue el café: fuerte, amargo, hirviendo desde lejos. Luego el maíz. Después, el aceite caliente. Y finalmente, la salsa: jitomate, chile, ajo… ese aroma que te dice “aquí hay algo vivo”.

La fonda apareció como aparecen las cosas que te salvan: sin anuncio espectacular. Una lona medio deslavada, un letrero pintado a mano, mesas de plástico, y un comal que parecía el corazón de todo el lugar. Adentro hacía calor. Un calor doméstico, que te abraza sin pedir permiso. Las paredes tenían calendarios viejos, una Virgen en la esquina y una televisión con volumen bajo. El piso estaba polvoso, sí, pero era el polvo de la vida real: el de las botas que entran y salen, el de la carretera.

Me senté y por primera vez en horas dejé la mochila en el piso. Ese gesto, tan pequeño, fue enorme: significaba “aquí estoy seguro por unos minutos”.

Una señora —de esas que mandan sin levantar la voz— me miró una vez y supo exactamente lo que yo necesitaba. No preguntó mucho. Solo dijo:
“¿Rancheros?”

Asentí.

En el comal, las tortillas se inflaban como pequeñas respiraciones. El olor del maíz recién calentado es un olor que no admite tristeza: es un olor que ordena el mundo. La señora las volteó con dedos rápidos, sin pinzas, como quien ha hecho eso toda la vida. Al lado, un sartén soltó un chisporroteo cuando cayeron los huevos: claras abriéndose como espuma, yemas intactas como soles pequeños.

La salsa roja no venía en frasco; venía de olla. Lo supe por el aroma: jitomate tatemado, chile guajillo o ancho, ajo, cebolla, quizá un toque de comino. Una salsa que se cocina con paciencia y con memoria. Cuando la sirvió sobre los huevos, el vapor subió y me golpeó la cara: ácido, ahumado, ligeramente picante. El tipo de olor que te despierta sin lastimarte.

El plato llegó con tres huevos, bañados en salsa, montados sobre frijoles refritos que brillaban con un hilo de grasa, y la sorpresa unas tiras de tocino escondido entre el frijol y el huevo. Simple. Perfecto. Real.

Y luego llegó el café.

No era un espresso elegante. Era café de olla, oscuro y poderoso con el aroma y sabor del piloncilllo y especies, servido en una taza gruesa que conservaba el calor. Lo tomé y sentí el vapor entrar por la nariz; sentí la garganta abrirse; sentí la vida volver a subir con el rush de lo dulce, como si el cuerpo encendiera un motor apagado.

El primer bocado de huevos rancheros fue… un regreso.

La yema se rompió y se mezcló con la salsa, formando una crema cálida que se metió en la tortilla. La tortilla estaba firme pero suave, con ese sabor a maíz que sabe a casa aunque estés lejos. El picante era amable, el suficiente para que el cuerpo recuerde que está despierto. Los frijoles completaban el abrazo: densos, cálidos, con ese sabor de “te cuido”.

No había música fuerte. Solo el sonido del comal, los platos chocando, alguna risa de cocina, y el murmullo de la mañana entrando por la puerta. Un señor leía el periódico. Dos obreros se servían salsa extra. Alguien pidió más tortillas. La vida continuaba, y por primera vez en muchas horas, yo también.

Recuerdo que miré mis manos sobre la mesa. Ya no temblaban.
Recuerdo que me acomodé en la silla. Ya no estaba encogido.
Recuerdo que respiré profundo. Ya no olía a polvo y miedo; olía a comida y café.

Eso fue lo que hizo ese desayuno: me devolvió a mí.